Siempre me ha gustado pegarle a las mujeres. Desde pequeño, ya le pegaba a mi hermanastra y a las chicas del colegio. Recuerdo una vez en primaria que le abrí la cabeza a pedradas a la chica guapa de la clase. ¡Qué tiempos aquellos!
Ahora las cosas han cambiado, creces y ya no son juegos de niños, ahora se llama "maltrato". Yo no sé cuál es la diferencia. Mi padre ya le pegaba a mi madrastra, lo contaba en el bar orgulloso y sus amigos se reían y le apoyaban. Yo no puedo hacer eso, ahora la sociedad ha cambiado y se ha vuelto más intolerante con las personas como yo, pero me da igual, nada de eso impide que me divierta con mi mujer.
Hace un año que nos casamos. Al principio solo le pegaba cuando se lo merecía o cuando llegaba cansado de trabajar. Aún recuerdo su cara cuando le pegué la primera vez. Me miró asustada y confusa, incluso se atrevió a preguntarme por qué lo hacía, que si ya no la amaba. ¡Qué estúpida! No había terminado de hablar cuando le cerré la boca de un puñetazo. Ahí aprendió que si yo le pego, ella se calla, y lo aprendió así, en una sola tarde. Es una chica inteligente, por eso me casé con ella.
Aquella vez le di unos cuantos golpes porque, cuando llegué a casa, no tenía hecha la comida, ahora las cosas cambiaron. Después de ese día le pego casi a diario. Normalmente le doy unas cuantas "hostias" al mediodía para recordarle que yo soy el hombre y el señor de la casa, pero lo disfruto más por la noche, cuando llego a casa después de tomar unas copas con mis amigos.
Ella ha aprendido a no llorar ni gritar para no molestar a los vecinos. Cuando entro por la puerta, se esconde en algún rincón y espera temblorosa a que me acerque. Me encanta su forma de rogar con la mirada un poco de compasión, no hay palabras para explicar lo que me hace sentir. Luego me ducho y me voy a la cama, tengo que estar bien por la mañana, será un día duro de trabajo en el bufete de abogados...
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