Una parte de ella lo comprendía totalmente, algo no estaba funcionando.
Trataba de buscar alguna nueva receta para sacar de su vida el sabor de la rutina: dormir, levantarse tarde, llegar muerta al mediodía, darse un baño tibio, cenar, leer un poco, dormir... y así otra vez esa misma ronda perfecta que giraba siempre en sentido único la estaba matando lentamente.
Los recuerdos, siempre tan dulces y mortales llegaban de vez en cuando con la lluvia de la madrugada, a veces la hacían sonreír, otras veces simplemente la hacían esconder la cabeza bajo las sábanas y ahogar su llanto en esa almohada que atesoraba el aroma suave de su cabello.
Estiraba un brazo hacia adelante, como buscando algo, tal vez queriendo sentir el cuerpo de ese alguien que una vez fue suyo, que una vez fue capaz de hacer de cada noche un momento de amor, fantasía y pasión que le recordaba que estaba viva, era amada y profundamente feliz. Sin embargo esa mano solo hacia contacto con el vació confirmando la soledad...
Ella lo sabia, había acabado y aunque ponía todo el esfuerzo posible por combatir esa tristeza que sabia disimular tras esa sonrisa soñadora, sus ojos cristalinos reflejaban un dolor casi real que ella no podía abandonar... ¿o ese dolor no la quería dejar a ella? Lo único que sabia era que había aprendido a convivir con él y no importaba, de todas formas solo dolía cuando la lluvia caía y le susurraba: Estás sola, él se ha ido.
La anestesia general de corazón era la rutina, eso calmaba bastante bien ese dolor durante todo el día, por la noche ya el sueño se encargaría de apagar su mente hasta que llegase el amanecer y una vez mas la rutina fuese inyectada en su vida al llegar la mañana. Era letal a largo plazo, pero era mejor que morir al instante.
Quizás en algún momento aparecería una mejor cura, algo que como una vez la había hecho tan feliz le devolviera esa sensación que el amor que se había ido fue despedazando a su paso.
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