Cuenta la mitología griega que un día Perséfone estaba tranquilamente recogiendo flores en compañía de sus amigas las ninfas y de sus hermanas de padre cuando, de pronto, justo en el instante que iba a recoger un lirio, la tierra se abrió con una enorme grieta de la que emergió Hades, hermanos de su padre Zeus y dios del Inframundo, llevándosela con ella.
Su madre Deméter comenzó a vagar tristemente en busca de su hija, y al ser la diosa de la cosecha, la tierra se volvió estéril por la pena.
Zeus, con el corazón ablandado por la pena de su mujer, optó por pedirle a Hades que le devolviera a su hija. Sin embargo Hades, listo como pocos, le había dado de comer a Perséfone un grano de granada, y todo aquel que probara bocado de cualquier cosa en el Infierno, quedaba para siempre obligado a permanecer allí.
Él no podía ver a su mujer penar de esa manera, dejando estéril todo lo que estuviera a su paso. Así, acordó con Hades que Perséfone pasara parte del año con él en el Infierno, y parte en la tierra, con su madre.
Hades aceptó, y desde entonces, Perséfone pasa parte del año en el Infierno y parte en la tierra.
Este es el origen de las estaciones. El tiempo que Perséfone pasa en la tierra, Démeter es feliz, por lo que es tiempo de alegría para las flores, que renacen y se abren con esplendor y vivos colores. En cambio, cuando Perséfone pasa su parte del año correspondiente en el Infierno, las flores se entristecen y se cubren con la nieve y el frío del invierno...
domingo, 15 de julio de 2012
jueves, 12 de julio de 2012
El asno sesudo
¿Se podría encontrar quien no temblase
entre los poderosos
de insultos militares horrorosos
de la guerra enemiga?
No hay sino la pobreza que consiga
esta gran exención: de aquí le viene.
NADA TEME PERDER QUIEN NADA TIENE.
martes, 3 de julio de 2012
Dedicado
Afuera llovía muchísimo, Martina tenía miedo, había llegado la noche...
Cuando salía la luna, Martina sabía que la mandarían a la cama.
Luego sus padres se irían a su habitación y se dormirían, incluso la televisión se callaría y empezaría a roncar.
Nadie, menos ella, escuchaba al "monstruo"...
Martina estaba convencida de que por debajo de su habitación había una civilización de monstruos que vivían cabeza abajo. Todo el mundo, pensaba Martina, tenía un reflejo al revés.
También todas las cosas del mundo tenían su reflejo monstruoso. A veces Martina tenía pesadillas en las que todos los monstruos saltaban a la vez. Entonces hundían nuestro suelo y nos daban un susto muy grande, ¡enorme!
Aquella noche Martina no podía dormir. Temía que si dejaba caer el brazo de la cama, el monstruo haría un agujero, lo agarraría con fuerza y quizás se la llevaría a su mundo, donde tendría que aprender a vivir cabeza abajo. Y quizás Martina tendría que luchar al lado de los monstruos contra las personas, saltando sin parar junto a ellos.
Tenía tanto miedo que se quedó muy quieta en la cama. Intentó que ninguna parte de su cuerpo, sobre todo sus pies o sus brazos, quedaran fuera de la sábana y llamó a su padre.
-¿Cómo serán los monstruos de grandes? Yo, en comparación a una hormiga, soy una gigante, pero ¿y si el monstruo fuera tan grande como tú? ¿Qué podría hacer yo?
-Llamarme - le dijo su padre-. Escúchame. Yo mataré monstruos por ti.
-¿Cómo?
-Dándote una idea para que no tengas miedo, Martina. El tamaño de los monstruos dependerá del miedo que les tengas. Si te sientes valiente verás el monstruo pequeño y cobarde.
Y aquella noche, sin que se diera cuenta, Martina dio un largo bostezo y le llegó el sueño.
Entonces Martina soñó con una niña monstrua. Estaba recubierta de pelo rosa, y era bastante rechoncha. La niña monstrua se llamaba Anitram.
Afuera, en el mundo de los monstruos, también llovía, y lo hacía a cántaros. Anitram tenía miedo, había llegado la noche. Cuando salía la luna, Anitram sabía que la mandarían a la cama.
Luego sus padres monstruos se irían a su habitación y dormirían con aquellos ronquidos de monstruo, incluso la televisión monstruosa de pelo rosado se callaría y empezaría a roncar.
Nadie, menos ella, escuchaba a la "humana"...
Anitram estaba convencida de que en la otra cara del suelo había una civilización de humanos. Caminaban cabeza abajo.
Todo lo que ella conocía tenía su reflejo al revés. Las calles rosas del mundo monstruo, las casas peludas y los árboles azules...Había tantos humanos como monstruos, así que, en caso de pelea, la batalla sería muy igualada, aunque los monstruos tuvieran las pistolas de fresa y los lápices gigantes para defenderse.
Anitram también tenía un reflejo al revés. Por debajo de su cama imaginaba a una niña humana. Tenía su misma edad. Seguramente aquella niña había nacido el mismo día y año que Anitram.
La había escuchado saltar encima de su cama. Esa humana era muy ruidosa. ¿Y si todos los humanos decidieran saltar a la vez?, se preguntaba Anitram. ¡Quizás hundirían el suelo! Desde luego, si eso sucediera, les darían un susto muy grande, ¡enorme!
Aquella noche Anitram no pudo dormir. Estaba convencida de que la niña haría un agujero, la agarraría con fuerza y se la llevaría al mundo de los humanos. Allí tendría que aprender a vivir cabeza abajo. Quizás Anitram tendría que luchar al lado de los humanos contra los monstruos.
Anitram tuvo tanto miedo que se quedó muy quieta en su cama peluda, intentando que ninguna parte de su cuerpo, sobre todo sus pies o sus brazos rozados, quedaran colgando fuera de la sábana.
Como no podía dormir, Anitram llamó a su padre monstruo y le explicó por primera vez sus miedos.
-Escucho a esa niña ruidosa pero no sé cómo es. ¿Y si fuera increíblemente grande, como tú? ¿Qué podría hacer?
-Llamarme -le contestó su padre -. Escucha. Yo mataré miedos por ti. ¿Sabes? El miedo es elástico, como un chicle. Se hace pequeño, hasta desaparecer.
Anitram notó que había crecido por dentro.
Y, sin que se diera cuenta, se durmió y su brazo salió de la sábana y quedó colgando del aire.
Lo mismo le pasó a Martina, y a la misma hora de la noche su brazo salió de la sábana y cayó hacia el suelo. Entonces se hizo un enorme agujero. Nadie sabe cómo ocurrió, son ese tipo de cosas mágicas que suceden por la noche, cuando soñamos. Y por aquel agujero, la punta de los dedos de Martina pudo asomarse al otro mundo, el que tanto temía, ni más ni menos que el mundo de los Monstruos..
A la pequeña monstrua le sucedió lo mismo. Ambas manos se tocaron. Anitram notó aquel tacto de piel humana, y Martina notó que su mano se llenaba de un agradable pelaje.
Y las dos se dieron cuenta de que habían tenido miedo la una de la otra porque aún no se conocían. Y a partir de entonces, las dos dejaban caer su brazo, cada noche.
Cuando salía la luna, Martina sabía que la mandarían a la cama.
Luego sus padres se irían a su habitación y se dormirían, incluso la televisión se callaría y empezaría a roncar.
Nadie, menos ella, escuchaba al "monstruo"...
Martina estaba convencida de que por debajo de su habitación había una civilización de monstruos que vivían cabeza abajo. Todo el mundo, pensaba Martina, tenía un reflejo al revés.
También todas las cosas del mundo tenían su reflejo monstruoso. A veces Martina tenía pesadillas en las que todos los monstruos saltaban a la vez. Entonces hundían nuestro suelo y nos daban un susto muy grande, ¡enorme!
Aquella noche Martina no podía dormir. Temía que si dejaba caer el brazo de la cama, el monstruo haría un agujero, lo agarraría con fuerza y quizás se la llevaría a su mundo, donde tendría que aprender a vivir cabeza abajo. Y quizás Martina tendría que luchar al lado de los monstruos contra las personas, saltando sin parar junto a ellos.
Tenía tanto miedo que se quedó muy quieta en la cama. Intentó que ninguna parte de su cuerpo, sobre todo sus pies o sus brazos, quedaran fuera de la sábana y llamó a su padre.
-¿Cómo serán los monstruos de grandes? Yo, en comparación a una hormiga, soy una gigante, pero ¿y si el monstruo fuera tan grande como tú? ¿Qué podría hacer yo?
-Llamarme - le dijo su padre-. Escúchame. Yo mataré monstruos por ti.
-¿Cómo?
-Dándote una idea para que no tengas miedo, Martina. El tamaño de los monstruos dependerá del miedo que les tengas. Si te sientes valiente verás el monstruo pequeño y cobarde.
Y aquella noche, sin que se diera cuenta, Martina dio un largo bostezo y le llegó el sueño.
Entonces Martina soñó con una niña monstrua. Estaba recubierta de pelo rosa, y era bastante rechoncha. La niña monstrua se llamaba Anitram.
Afuera, en el mundo de los monstruos, también llovía, y lo hacía a cántaros. Anitram tenía miedo, había llegado la noche. Cuando salía la luna, Anitram sabía que la mandarían a la cama.
Luego sus padres monstruos se irían a su habitación y dormirían con aquellos ronquidos de monstruo, incluso la televisión monstruosa de pelo rosado se callaría y empezaría a roncar.
Nadie, menos ella, escuchaba a la "humana"...
Anitram estaba convencida de que en la otra cara del suelo había una civilización de humanos. Caminaban cabeza abajo.
Todo lo que ella conocía tenía su reflejo al revés. Las calles rosas del mundo monstruo, las casas peludas y los árboles azules...Había tantos humanos como monstruos, así que, en caso de pelea, la batalla sería muy igualada, aunque los monstruos tuvieran las pistolas de fresa y los lápices gigantes para defenderse.
Anitram también tenía un reflejo al revés. Por debajo de su cama imaginaba a una niña humana. Tenía su misma edad. Seguramente aquella niña había nacido el mismo día y año que Anitram.
La había escuchado saltar encima de su cama. Esa humana era muy ruidosa. ¿Y si todos los humanos decidieran saltar a la vez?, se preguntaba Anitram. ¡Quizás hundirían el suelo! Desde luego, si eso sucediera, les darían un susto muy grande, ¡enorme!
Aquella noche Anitram no pudo dormir. Estaba convencida de que la niña haría un agujero, la agarraría con fuerza y se la llevaría al mundo de los humanos. Allí tendría que aprender a vivir cabeza abajo. Quizás Anitram tendría que luchar al lado de los humanos contra los monstruos.
Anitram tuvo tanto miedo que se quedó muy quieta en su cama peluda, intentando que ninguna parte de su cuerpo, sobre todo sus pies o sus brazos rozados, quedaran colgando fuera de la sábana.
Como no podía dormir, Anitram llamó a su padre monstruo y le explicó por primera vez sus miedos.
-Escucho a esa niña ruidosa pero no sé cómo es. ¿Y si fuera increíblemente grande, como tú? ¿Qué podría hacer?
-Llamarme -le contestó su padre -. Escucha. Yo mataré miedos por ti. ¿Sabes? El miedo es elástico, como un chicle. Se hace pequeño, hasta desaparecer.
Anitram notó que había crecido por dentro.
Y, sin que se diera cuenta, se durmió y su brazo salió de la sábana y quedó colgando del aire.
Lo mismo le pasó a Martina, y a la misma hora de la noche su brazo salió de la sábana y cayó hacia el suelo. Entonces se hizo un enorme agujero. Nadie sabe cómo ocurrió, son ese tipo de cosas mágicas que suceden por la noche, cuando soñamos. Y por aquel agujero, la punta de los dedos de Martina pudo asomarse al otro mundo, el que tanto temía, ni más ni menos que el mundo de los Monstruos..
A la pequeña monstrua le sucedió lo mismo. Ambas manos se tocaron. Anitram notó aquel tacto de piel humana, y Martina notó que su mano se llenaba de un agradable pelaje.
Y las dos se dieron cuenta de que habían tenido miedo la una de la otra porque aún no se conocían. Y a partir de entonces, las dos dejaban caer su brazo, cada noche.
martes, 19 de junio de 2012
Barcelona
Dicen que es el fin del mundo —se lamentó un día Arnau al entrar en su casa—. Barcelona entera ha enloquecido. Los flagelantes, se hacen llamar. —Maria estaba de espaldas a él. Arnau se sentó a la espera de que su mujer lo descalzase y continuó hablando—:Van por las calles a cientos, con el torso descubierto, gritan que se acerca el día del juicio final, confiesan sus pecados a los cuatro vientos y se flagelan la espalda con látigos. Algunos la tienen en carne viva y continúan...
Arnau acarició la cabeza de Maria, arrodillada frente a él. Ardía—. ¿Qué...? Buscó la barbilla de su mujer con la mano. No podía ser. Ella no.
Arnau acarició la cabeza de Maria, arrodillada frente a él. Ardía—. ¿Qué...? Buscó la barbilla de su mujer con la mano. No podía ser. Ella no.
Maria levantó unos ojos vidriosos hacia él. Sudaba y tenía el rostro congestionado. Arnau intentó levantarle más la cabeza para verle el cuello, pero ella hizo un gesto de dolor.
—¡Tú no! —exclamó Arnau.
Maria, arrodillada, con las manos en las esparteñas de su esposo, miró fijamente a Arnau mientras las lágrimas empezaban a caer por sus mejillas.
—¡Tú no! —exclamó Arnau.
Maria, arrodillada, con las manos en las esparteñas de su esposo, miró fijamente a Arnau mientras las lágrimas empezaban a caer por sus mejillas.
—Dios, tú no. ¡Dios! —Arnau se arrodilló junto a ella.
—Vete, Arnau —balbuceó Maria—. No te quedes junto a mí.
Arnau intentó abrazarla, pero al cogerla por los hombros, Maria volvió a hacer una mueca de dolor.
—Vete, Arnau —balbuceó Maria—. No te quedes junto a mí.
Arnau intentó abrazarla, pero al cogerla por los hombros, Maria volvió a hacer una mueca de dolor.
—Ven —le dijo alzándola lo más suavemente que pudo. Maria, sollozando, volvió a insistir en que se fuera—. ¿Cómo voy a dejarte? Eres todo lo que tengo... ¡lo único que tengo! ¿Qué haría yo sin ti? Algunos se curan, Maria. Tú te curarás. Tú te curarás. —Intentando consolarla la llevó hasta la alcoba y la tumbó sobre la cama. Allí pudo ver su cuello, un cuello que recordó precioso y que ahora empezaba a ennegrecer—. ¡Un médico! —gritó abriendo la ventana y asomándose al balcón. Nadie pareció oírle. Sin embargo, aquella misma noche, cuando las bubas empezaban a adueñarse del cuello de Maria, alguien marcó su puerta con una cruz de cal.
Arnau sólo pudo poner paños de agua fría sobre la frente de Maria. Tumbada en la cama, la mujer tiritaba. Incapaz de moverse sin sufrir terribles dolores, sus sordos quejidos erizaban el vello de Arnau. Maria tenía la vista perdida en el techo. Arnau vio cómo crecían las bubas del cuello y la piel se volvía negra.
Arnau sólo pudo poner paños de agua fría sobre la frente de Maria. Tumbada en la cama, la mujer tiritaba. Incapaz de moverse sin sufrir terribles dolores, sus sordos quejidos erizaban el vello de Arnau. Maria tenía la vista perdida en el techo. Arnau vio cómo crecían las bubas del cuello y la piel se volvía negra.
«Te quiero, Maria. ¿Cuántas veces habría querido decírtelo?» Le cogió la mano y se arrodilló junto a la cama. Así pasó la noche, agarrado a la mano de su mujer, tiritando y sudando con ella, clamando al cielo con cada espasmo que sufría Maria.
La catedral del Mar - Ildefonso Falcones
lunes, 18 de junio de 2012
En la torre de mi pueblo - Cabrera de la Aurora
En la torre de mi pueblo
hay un nido de cigüeñas
y al toque de la Oración
todas de rodillas rezan.
Al dar el Ave María
saludan a nuestras tierras
y a sus lindantes amigas
de Dos Hermanas y Utrera.
Desde su altura divisan
murmuraciones que aterran,
escenas de amor prohibido
y alaridos de tristeza.
También son fieles testigos
de reuniones y fiestas
donde algunos hombres cantan
de la mujer la belleza.
Vencejos y golondrinas
a su alrededor dan vueltas
y envidian la paz y calma
que en esa familia impera.
Viñedos y naranjales,
olivares y palmeras
padecen un celo enorme
del sitio que las alberga.
Ellas duermen en la torre
bajo sábanas de estrellas
y ni siquiera su canto
al vecindario molesta.
El campanario ni rozan,
sabedoras con certeza
que ese tañir que se esparce
lo dirijen de la Iglesia.
A la Virgen de la Aurora
como la tienen tan cerca,
continuamente acarician
con una pluma de seda,
y, algún secreto le dicen,
que a la Señora embelesa,
porque se siente mujer
y amiga de confidencias.
A nadie le piden nada,
ellas solas se alimentan,
y no pasan la factura
por adornar la torreta.
Y nos traen muchos niños,
pero a cambio nada llevan;
observa la esplendidez
que tienen nuestras cigüeñas.
Debemos, de mutuo acuerdo,
con interés y firmeza,
pedir al Ayuntamiento,
-para que sean más nuestras-
que en el padrón de habitantes
se inscriban a las cigüeñas.
Y a la Virgen de las Nieves,
a esa Patrona tan bella,
hay que rogarle con fé
que vele estampa tan tierna;
ya que están en el paisaje
como la cal o las piedras,
como el fruto de los campos,
como la marisma entera.
El pueblo, que tanto sabe,
se adueña de cosas buenas
y por nada cambiará
el nido de sus cigüeñas.
hay un nido de cigüeñas
y al toque de la Oración
todas de rodillas rezan.
Al dar el Ave María
saludan a nuestras tierras
y a sus lindantes amigas
de Dos Hermanas y Utrera.
Desde su altura divisan
murmuraciones que aterran,
escenas de amor prohibido
y alaridos de tristeza.
También son fieles testigos
de reuniones y fiestas
donde algunos hombres cantan
de la mujer la belleza.
Vencejos y golondrinas
a su alrededor dan vueltas
y envidian la paz y calma
que en esa familia impera.
Viñedos y naranjales,
olivares y palmeras
padecen un celo enorme
del sitio que las alberga.
Ellas duermen en la torre
bajo sábanas de estrellas
y ni siquiera su canto
al vecindario molesta.
El campanario ni rozan,
sabedoras con certeza
que ese tañir que se esparce
lo dirijen de la Iglesia.
A la Virgen de la Aurora
como la tienen tan cerca,
continuamente acarician
con una pluma de seda,
y, algún secreto le dicen,
que a la Señora embelesa,
porque se siente mujer
y amiga de confidencias.
A nadie le piden nada,
ellas solas se alimentan,
y no pasan la factura
por adornar la torreta.
Y nos traen muchos niños,
pero a cambio nada llevan;
observa la esplendidez
que tienen nuestras cigüeñas.
Debemos, de mutuo acuerdo,
con interés y firmeza,
pedir al Ayuntamiento,
-para que sean más nuestras-
que en el padrón de habitantes
se inscriban a las cigüeñas.
Y a la Virgen de las Nieves,
a esa Patrona tan bella,
hay que rogarle con fé
que vele estampa tan tierna;
ya que están en el paisaje
como la cal o las piedras,
como el fruto de los campos,
como la marisma entera.
El pueblo, que tanto sabe,
se adueña de cosas buenas
y por nada cambiará
el nido de sus cigüeñas.
Tertulia de Banquilla
Decía un contertulio que el origen de Villafranca de las Marismas databa de 1330. Hacía referencia a las hostilidades que existieron entre los habitantes de Villafranca y los de Los Palacios. Nos señaló la línea que dividía a las dos villas. Nosotros que sólo conocíamos a Ntra. Sra. de las Nieves como Patrona, nos sorprendió oírle decir que nuestro Patrón era San Sebastián, instalado en la capilla de Los Remedios.
En una de aquellas informales reuniones salimos enterados del por qué a los palaciences nos llamaban "boñigueros" o "moñiqueros". De que los vecinos de Dos Hermanas, los nazarenos, se mofaban de nosotros porque decían que "en el pradillo pusimos una costilla para coger al Zeppelin". Y que un paisano nuestro reunió a todos sus amigos para pescar en "la puente" una ballena, que luego resultó ser la albarda de una mula. En contraposición, los mejos, o sea los de Dos Hermanas, echaban chiribitas cuando se les decía que en una procesión, celebrada en su ciudad, el que llevaba la Cruz de Guía, quiso matar, con la misma cruz, a una liebre que se le atravesó.
En una de aquellas informales reuniones salimos enterados del por qué a los palaciences nos llamaban "boñigueros" o "moñiqueros". De que los vecinos de Dos Hermanas, los nazarenos, se mofaban de nosotros porque decían que "en el pradillo pusimos una costilla para coger al Zeppelin". Y que un paisano nuestro reunió a todos sus amigos para pescar en "la puente" una ballena, que luego resultó ser la albarda de una mula. En contraposición, los mejos, o sea los de Dos Hermanas, echaban chiribitas cuando se les decía que en una procesión, celebrada en su ciudad, el que llevaba la Cruz de Guía, quiso matar, con la misma cruz, a una liebre que se le atravesó.
domingo, 17 de junio de 2012
Y pasa de largo el tren especial...
Ella paseaba siempre en globo, y coleccionaba nubes. Él, sin embargo, disparaba a los extraños y regentaba un burdel abandonado.
Los dos había dado la vuelta al mundo, pero en direcciones opuestas. Y, cuando sus espaldas se encontraron, supieron que el viaje había terminado.
Hablaban un extraño y antiguo idioma que nadie había oído jamás. Es posible que ni siquiera ellos...Pero, cuando se miraban a los ojos, las palabras, convertidas en pequeños y malignos duendes, les susurraban al oído su propio significado. Y entonces reían, y reían, y reían...Nadie era capaz de pararlos. Ni los trenes de mercancías, ni los semáforos en verde, ni los gritos de auxilio, ni las mujeres embarazadas, ni los abogados en paro. Ni siquiera los esposos celosos. Reían, y reían, y reían...
Ella habló de tristeza. Él lo entendió todo. Ella bajó la mirada. Él borró sus huellas. Se escondieron, pasaron hambre, temblaron de miedo al oír la tormenta acercarse más rápido de lo previsto, y supieron que al fin del mundo llegarían mañana.
Entonces, él le cogió una mano, la miró a los ojos, y le dijo: "Gracias. Adiós".
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